El lunes por la mañana me quedé nuevamente sin trabajo. Llegué a casa pensando en ¿y ahora qué?, y me recosté en el mueble diciéndome que era una raya más, que al fin y al cabo era un trabajo de mierda y cosas de ese tipo que uno mismo se dice subir su ánimo. Entró mi hija y me preguntó, «¿Estás triste, papá?». Qué habrá notado. Le respondí que todos los chicos, al igual que las chicas, nos ponemos tristes, y que es normal, pero que no estaba triste, y que solo necesitaba descansar, lo que en parte era verdad. Levantó los hombros dijo ya y se fue. Sonó a «ya, cuñao».

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De lunes a viernes, la mejor parte del día es cuando recojo a mi hija del nido. Mientras manejo escucho “La hora de The Beatles” en la 88.3, y creo que hay pocas cosas que pueden compararse con la alegría que me produce las tres canciones que dura el trayecto. Es que me la imagino saliendo con sus ojos brillantes, el polo sucio, su mochila roja y algo despeinada; me la imagino que al salir dice «hombros, hombros», para que sentada en mis hombros juegue a meter sus dedos a mis oídos, a jalarme el cabello y taparme los ojos; me la imagino en el asiento de atrás sin querer contarme cómo le fue, diciendo que hoy no quiere almorzar, el nombre de su mejor amiga, o pidiéndome que baje el volumen de la radio para cantar la canción que aprendió ese día. Lo bueno es que mucho -o casi todo- de lo que imagino termina por suceder. Cuando entramos al carro, La hora de The Beatles está por acabar, pero nos alcanza para escuchar las dos últimas canciones. El viernes, cuando terminé de tararear “I know this love of mine / will never die / and I love her”, me dijo con convicción «esa canción es muy triste, ¿verdad papá?». «Eeehhhh.. ¿Por qué, hija?», le pregunté. Pero no dijo más, y por el espejo pude ver que se quedó mirando por la ventana, pensando en que nunca sabré lo que pasaba en esos momentos por su cabeza. Me pregunto si lo dijo por el ritmo, el tono, el sonido de la guitarra o simplemente por la forma en que suena And I love her.

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El sábado por la mañana estábamos pintando arañas. Solemos escoger juntos lo que quiere  que imprima para pintar. En realidad ella lo escoge, y yo solo soy un medio para. Se sentó en mis piernas y Fátima, luego de mirar al techo y rascarse la barbilla como Mr. Maker dijo, «hoy toca arañas». Así que escribí  “arañas graciosas para colorear” y Google hizo su trabajo. Luego de imprimir tres o cuatro, se fue corriendo con sus hojas a la alfombra de su cuarto para esparcir sus colores y plumones, gritando «ven papá, ven papá». Estaba contestando sus preguntas sobre ¿dónde viven las arañas?, ¿por qué tienen tantas patas?, ¿qué comen?, etc., cuando me dijo, «papá, cuando sea grande me voy a casar, y me voy a ir a vivir a otra casa». Puse cara de pena, resignación y sorpresa y creo que una especie de bulto empezó a latir en mi garganta. Y luego añadió, «pero tranquilo, me voy a ir cerca, así puedes venir todos los días y me traes comida». «¿Comida?», pregunté, algo más relajado. «Ajá», dijo, y bajó la mirada para seguir pintando las patas de sus arañas. «Está bien hijita, iré a visitarte todos los días». «Es triste, ¿verdad papá?», dijo como si hablara del clima, como si no tuviera recién tres años y algunos meses. «No hija, no es triste». Pero cuando se vaya, casada o no, sí lo será.

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