Me asomé a la ventana del dormitorio y en la vereda de enfrente dos púberes se manoseaban con esa furia gozosa de los que creen descubrir las claves del universo. Jugaban, en realidad, y aunque para mis adentros dije perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen, estaba más que claro que sí sabían lo que hacían. En especial ella, que tenía arrinconado al flacucho contra un árbol y con la mirada le hizo saber que esa batalla era suya.

Jugaban, decía, y ella, con sus manitas nerviosas, arrancó unas semillas para meterlas por debajo de la ropa de él, dentro del pantalón para ser más exacto, y por la parte de adelante, si es que quieren saber más, pero sin lanzar las semillas y que se las arreglen a su suerte, sino metiendo la mano con todo, frotando y esparciéndolas en “las partes” de su amiguito. No faltaban los besos, claro, pero las manos, como saben, cuando agarran viada en situaciones así, siempre hacen más de lo que se les pide, toman sus propias decisiones y hasta parece que cobran vida propia. Él, en un tímido contra ataque, como para demostrarle de qué material está hecho un hombre, o su prospecto, también arrancó algunas semillas, metió la mano dentro del polo de ella, por el cuello para ser más exacto, e hizo lo propio en unos pechos que no terminaban de ser.

¿Qué hacer en estos casos?, ¿gritarles que se vayan a un hotel?, ¿hacerlos pasar a la sala, guiñarles el ojo y decirles «diviértanse, chicos, nadie los va a molestar», mientras cierras la puerta y vas por un cigarrillo?, ¿llamar a serenazgo? pero, ¿cuál era el crimen?, ¿cuál el disturbio? Pasado el clímax, si acaso lo hubo, se abrazaron y ella apoyó su quijada en el hombro de él. Luego levantó la mirada y me vio parado en la ventana; un tío mirón habrá pensado, y siguieron en lo suyo.

Jugaban, decía, a sus doce o trece, ¿pero a qué?

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