Esa casa era, en realidad, una casona demasiado grande y vieja para mi gusto. Era cuestión de pasar el portón de para encontrarse con el territorio de Argos, un perro de chacra del tamaño de un poni, dueño del patio salpicado de geranios y dalias. Al lado izquierdo de la puerta que llevaba a la sala, una banca de madera, como la de los parques, y a su costado un pene de piedra robado del Templo de la fertilidad de Chucuito. De las paredes de quincha de la sala, revestidas con yeso, colgaban cuadros de ángeles o santos, enmarcados en pan de oro o algo parecido, y encima de la chimenea el látigo de su abuelo. Con la confianza a tope le pregunté a Ella si su abuelo con eso azotaba a sus indios. «Supongo» dijo a secas, y nunca más se habló del asunto. Días antes de despedirnos, al esposo de Ella le tocó volver a la mina, mientras la chica con la que yo salía oficialmente, empezaba una carrera demasiado larga, muy lejos, en otra ciudad.

De Ella, de aquella noche y de todas las veces juntos, me queda su textura afranelada, sus hombros huesudos, una polera, jeans, zapatos negros. La pasamos en un sillón frente a la chimenea, ella medio sentada, mi cabeza sobre sus muslos; diciéndole, otra vez, las razones de mi partida, tratando de convencerme de que esas eran y no otras. Quedamos en seguir viéndonos, cómo no. En el fondo quería irme solo por unos meses y no encontramos ningún motivo para terminar con aquello que empezamos de chicos. Soñábamos. Un ruido en el segundo piso y me dijo espera.  Esperé mirando el látigo encima de la chimenea prendida. Si fueran otros años, decía sin hablar, su abuelo tal vez habría azotado al mío, su madre habría despreciado a la mía y es probable, que de puro resentimiento o rabia, porque Ella ni me habría mirado, en lugar de hacerle el amor, hubiera fantaseado en violarla y si mi cobardía me lo impedía, habría deseado que alguien con más determinación, ganas o huevos, lo haga. Volvió y me dijo que no era nada, que todo estaba bien.

Casi ni tocamos lo que quedaba en la botella. Frente a la chimenea ya nada nos cubría, solos en nuestras pieles, con los leños crujiendo, la confusión de las sombras, la furiosa búsqueda de nuestras bocas, y sus no te vayas, no te vayas, que me estremecían tanto.

Nos quedamos dormidos tapados con llicllas y mantas, la luz de un poste se colaba por una ventana. En eso una vocecita de ángel nos despertó: «tú no eres mi papá» vi que me decían desde muy cerca. Ella se paró de un salto. «Tú no eres mi papá», repitió el niño, que ahora debe tener trece, y que en esa madrugada se fue en los brazos de su mamá, viendo mi cara de sueño. Ella no se volvió ni para dejarme un gesto. Prioridades son prioridades, y a esas alturas ya no importaba cuál era la forma correcta de decir adiós.

«La cagamos» dije en voz baja. Me vestí sin ganas, salí al patio y me senté en la banca cerca de las dalias, que sabían mejor que nadie cómo resistir al maldito frio. Encendí un cigarro, apoyé la cabeza en la pared y le dije a Argos «acá estamos, dos perros de mierda muriéndonos de frio». Terminé mi cigarro, enterré la colilla en una maceta, encendí otro y me fui. Caminé unas cuadras hasta la Plaza de Armas, descolgué uno de los teléfonos públicos frente al Kuntur, de mi billetera saqué una tarjeta para hacer llamadas a larga distancia y marqué una desquiciante cantidad de números. Nadie contestó.

Me fui a casa en un taxi. Una mochila lista me esperaba al costado de la puerta. Mi madre me decía que me apure con el desayuno, que le dé una última mirada a mis cosas, que me despida de mis hermanos. Eran las siete de la mañana. El bus partía a las ocho.

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