Un niño le dio dos golpes en la espalda a mi hija de tres años, luego la abrazó y la sacudió varias veces para terminar lanzándola al piso de tierra. Estábamos con mi esposa, algunos amigos y sus hijos en un club campestre en las afueras de Lima. Un lugar, como tantos, destinado al escape habitual de fin de semana para la clase media, o para quienes aspiren a serlo, donde lo único incómodo era el elevado volumen de la música, que apenas y dejaba conversar.

No sé si al ver lo que pasó mi sentimiento fue de impotencia, y desde la mesa donde estábamos corrimos hasta donde ella, que ya se había levantado y lloraba, obvio, como una niña. Mi esposa la cargó para consolarla mientras revisaba sus heridas, que no eran muchas ni profundas, pero eran, mientras decíamos que más fue el susto que el golpe. Luego buscamos al niño pero había desaparecido, así que a mi sentimiento de impotencia le sumé el de frustración. Luego de calmarla, fuimos a la administración del local para poner una queja, pero además de un falso «lamentamos lo sucedido con su niña», dijeron que no podían hacer nada hasta que veamos al niño para hablar con sus padres.

Mi hija retomó su buen ánimo cuando le dijimos que entraría a la piscina. Mi esposa me dijo que vaya con ella, pero le respondí lo de siempre, que no llevé ropa de baño, y con un gesto de desaprobación o de cólera, me dijo «eres un pesado, para qué vienes entonces», pero no le respondí nada porque mi cabeza estaba en otra. Cuando casi todos estaban en la piscina y los demás conversábamos o jugábamos ping-pong, me puse a hacer barquitos de papel con las hojas de mi cuaderno para tomar notas. Hice como siete barquitos y desde el borde de la piscina se los mostré a mi hija. Sonrió y me dijo «yeee papá, ¡lánzalos papito!», pero cuando quise ponerlos sobre el agua, uno de los responsables del lugar se aceró y me dijo que no lo haga, ya que no se permitía meter “cosas” en la piscina. Entonces, con todos los barquitos en mi mano, hice un gesto indicando que no se podía jugar con ellos y le dije a mi esposa que daría unas vueltas por ahí, esperando la hora del almuerzo.

Lejos de la piscina, de la música, de las mesas y de los juegos, me topé con el niño que utilizó a mi hija como saco de box. Estaba detrás de unos arbustos, estaba solo y con la cara que ponen los forajas que pierden su hora de recreo, estaba al borde de un riachuelo que corría con fuerza por el costado del muro de ladrillos que separaba el club de la berma y la carretera. Le mostré los barquitos  y me puse de cuclillas. Se me quedó mirando y al soltar el primer barquito le dije de la manera más amistosa posible, «atrápalo, amiguito». Apenas puse el segundo barquito, el agua terminó envolviéndolo y se hundió. La corriente era más fuerte de lo que parecía. Casi atrapa el tercero, pero se le escapó por poco. «Tienes que acercarte más», le dije. «No dejes que se te escape, no dejes que se te escape, no dejes que se te escape». Para alcanzar el sexto barquito, el niño, también de cuclillas, se estiró demasiado y cayó al agua. Tuvo la suficiente habilidad para girar y agarrarse de las hierbas crecidas del borde, pero se desprendieron de la tierra remojada cuando me miraba con sus ojos asustados. Conmovía ver sus bracitos de cinco o seis años sacudiéndose mientras era envuelto por esa agua turbia. Conmovía ver su polo rayado con dos botones y la forma en que luchaba contra la fuerza de la corriente. Dejé de verlo cuando pasó debajo del puente de concreto en la entrada del club.

La comida no estuvo mal, pero el lugar resultaba demasiado caro, así que con la mirada con mi esposa nos decíamos que nos ajustaríamos en otras cosas y que un domingo así valía la pena por los amigos, por nosotros mismos, y por nuestra hija, por supuesto, para que no se pierda de un día de campo con sus amigos.

Luego del almuerzo, mi hija se trepó a mis brazos para su siesta de las tardes. Adormecida por la piscina y con la barriga llena me preguntó por sus barquitos. Le dije que toda la flota se fue a luchar contra los piratas. ¿Me haces más, papá?, preguntó. Todos los que tú quieras, mi amor, todos los que tú quieras.

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