El niño está sentado y en sus manos tiene un peluche que parece un oso, un perro o un elefantito café. Está de espaldas al espectador. Pero lo anterior no importa, porque el niño está triste y ese peluche no lo hace feliz. Lo que interesa es que tiene las piernas estiradas y tensas. Le duelen. Todo le duele de vez en cuando y no está enfermo, y no entiende por qué, días así, no puede caminar y menos levantarse.

El niño voltea y se lamenta porque sabe que ahí, eso, viene de nuevo y aprieta los párpados como una estrategia para evadir lo que le obligan a sentir. Se acurruca, pierde el sentido y muere, otra vez, un poco. Así varias veces. Así unos años. Luego se imagina como un hombre. Un hombre que mira a su niño pidiendo ayuda, están a unos pasos, pero ni siquiera en su imaginación puede alcanzarlo. No puede alcanzarse en realidad. Los separa una ventana con marco de metal ubicada al medio de un muro interminable e imposible de escalar. Luego se esfuma la ventana que el hombre golpea desesperadamente y desaparece también el muro. Ahora, el niño que no deja el peluche, como si en eso se jugara la vida, está en los brazos del hombre que avanza dando pasos apurados, casi corriendo. Siente que le respiran en la nuca, una respiración seca que se acerca cada vez más, cuando voltea mira a un sujeto, de sonrisa burlona y con canas en la barba, que le está apuntando con un rifle en la cabeza. El hombre se detiene y dice dispara. Pero no hay disparos. Dispárame, insiste gritando. Pero es inútil, no hay disparos. Es tarde, dice el niño desde las costuras remendadas de su corta vida hecha añicos, desde el precipicio donde ya no quiere vivir y se queda dormido. O acaso despierta, porque ahora está de la mano de sus padres. Papi a la izquierda, mami a la derecha. Están de pie y miran el mar desde una orilla casi desierta. Luego, los padres entran a lo que parece una sala de espera de aeropuerto, dejan sus maletas, se sientan y ríen con la gracia de los pasajeros frecuentes que tienen acceso a los salones VIP.

De repente, los padres se paran y avanzan unos pasos, entregan sus boletos a un controlador y desaparecen cruzando una puerta de vidrio. Hasta ahí todo bien. De lo que no se ha dicho nada hasta ahora es del sacudón interior del niño, cuando papi y mami, a la vez, sueltan su mano para irse sin decirle adiós. Y tampoco se ha dicho nada de su temblor, un temblor interior, obviamente, cuando siente que otra mano lo agarra. La mano de una mujer que fija su mirada en el mar y en los padres que se van sin darle, al menos, una última mirada al pequeño miserable que abandonan a su suerte, y en el fondo, a esa mujer, a la única que podría dar fe de lo que está pasando, nada de eso le importa. Agarra la mano del niño y se dice esto es mío. Esto me pertenece. Al niño le incomoda la arena tibia en sus pies y no llora, así como no lloraba cuando lo molían a palos, porque supone que frases como «tienes que ser valiente», «eres mi hombrecito», «macho, macho carajo» significa resistir, no ser maricón y resignarse a tomar esa mano que le asusta. Los padres desaparecen y el niño se olvida de la arena que le cubre los pies y busca razones para no escapar. Tal vez, piensa, que todo esto no es tan malo y será cuestión de acostumbrarse, hasta que escucha «tranquilo, no puedes hacer nada, ahora estás conmigo, y estoy feliz porque te quiero comer».

Llega la tarde con una brisa insignificante, o siempre fue de tarde. Una tarde que se impone con sus tonos naranjas. Una tarde con un ave que se lanza en picada sobre las olas y no vuelve a salir. Una tarde con un mar imponente que se acerca cada vez más. Una tarde de agua turbia. Una tarde con un niño que grita para adentro, como los que pronto aprenden a no mostrar su dolor.

Cuando logra zafarse una ola lo revuelca como un trapo y traga el sabor del mar. Detesta ese sabor, lo sabe ahora, porque detesta esa mano que no lo suelta y ese te quiero comer que salpica sus temores y acaricia sus angustias. Dónde están, se pregunta mirando a la puerta, a la arena que ya no está, al ave que se mata, a sus ganas de morir, otra vez, un poco, y a la voz que lo araña tanto como esa lengua viscosa y húmeda que le dice excitada «dime mamá».

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