Concluí que si me internaba diez días en el Monasterio Benedictino de la Resurrección, tendría una experiencia mística. Durante esos días, después del desayuno, alternaba mis mañanas entre la biblioteca del Monasterio y el aprendizaje del francés, con un monje belga que lo sabía todo y más. Por las tardes, luego de la siesta, conversaba con mi guía espiritual y después caminaba hasta las orillas del Lago Titicaca para digerir lo dicho, escribir, escuchar música y lanzar piedritas planas sobre el agua. Moría de ganas por tener una experiencia mística, pero sospechaba, en el fondo, que no tendría ese privilegio por lo superficial de mi vida espiritual, aunque Paulo Coelho quiera hacernos pensar lo contrario. Una experiencia mística, eso es lo que buscaba y nada, absolutamente nada podía sacarme de esa búsqueda. Nada, salvo un mal nacido de unos veinticinco años que agarró a puñetazos a una anciana, dentro de la combi que nos llevaba a Puno. Todo sucedió tan rápido, que cuando me di cuenta el sujeto estaba en el piso, sangraba por la boca, tenía un pómulo reventado y en los nudillos de mi mano izquierda había algo de sangre. El de mi costado dijo «no le pegues a mi hijo» y respondí «¿qué quieres, que le siga pegando a la señora?» y otro sujeto, que apenas podía sostenerse por lo borracho que estaba, amenazó con matarme por lo que le hice a su cuñado. El conductor detuvo la combi, el cobrador abrió la puerta y el desgraciado que tuvo la mala suerte de toparse conmigo en el mismo viaje, cayó al suelo medio inconsciente todavía, babeando sangre y mocos y sin saber si era lunes o martes. Y yo solo buscaba una experiencia mística. Los demás pasajeros le reclamaron al conductor por dejar subir a borrachos y les impidieron seguir el viaje. En lo que quedaba del trayecto, la anciana se quejaba de dolor de cara, lloraba, y me decía «gracias joven, se aprovechan porque soy mujer y vieja». Llegué a mi casa, me lavé las manos, fui a mi cuarto y me puse a hojear los libros que me presté de la biblioteca, sentado en mi cama y como si nada hubiera pasado. Pero empecé a sentirme terriblemente mal, como una basura, porque pasé de estar arañando el Nirvana a casi una pelea callejera, como el más común de los mortales. Siempre pensé en ese hecho como una prueba, si se quiere, pero hasta ahora no puedo decidirme si la aprobé con honores o fui reprobado por quienes reparten las gracias espirituales, y las experiencias místicas.

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